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El Pasaporte de Munkatch

Caratula:

Rav Shlomo Carlebaj

IÁJAD – KULAM  KEDUSHÁ

JUNTOS – TODOS SANTIDAD

CUENTOS

El Pasaporte de Munkatch

 

Un Judío común y corriente llegó ante nuestro sagrado Rabino de Berditchev, Rabi Levi Itzjak, y le dijo: Santo Rabino, yo necesito viajar de Berditchev a Lublin y eso requiere de un pasaporte, pero yo no quiero recurrir a la policía.

 

Como es sabido, cuando un Judío acude a la policía no le va bien, incluso si no hizo nada …

 

Para un Judío es mejor que la policía no sepa nada de él.

 

Y entonces le dijo Rabi Levi Itzjak de Berditchev: Judío dulce y agradable, no hay problema, yo te voy a dar un pasaporte.

 

Entró a su cuarto y salió de él con una hoja totalmente lisa, y le dijo: éste es tu pasaporte.

 

Señores míos, una persona tiene que ser verdaderamente un gran Jasid para intentar cruzar la frontera entre Rusia y Polonia sacando un papel en blanco y diciendo que ése es su pasaporte. Pero aparentemente, ese Judío creía con plena fe en su sagrado Rabino …

 

En el cruce de la frontera, el Judío sacó su pasaporte.

 

El oficial que estaba de guardia no sabía que hacer consigo mismo. Se dirigió a él muy respetuosamente y le dijo: Nunca me topé con una persona tan importante como usted. Permítame que le ofrezca una carroza con ocho caballos para que así pueda llegar más rápidamente a Lublin.

 

En resúmen, en cada lugar al que llegaba, mostraba su pasaporte y le brindaban honores cual si fuera un rey …

 

En una de mis visitas a Viena recé en la sinagoga. Allí hay muchos Jasidim de Munkatch, y después de la Tefilá se me acercó un Judío y me dijo: tengo un cuento que solamente yo conozco. Seguro que tú sabes el cuento del pasaporte de Rabi Levi Itzjak de Berditchev, pero tal vez no escuchaste el cuento del pasaporte del Rabi de Munkatch; ¿acaso escuchaste la historia del pasaporte del Rabi de Munkatch, el pasaporte de Munkatch? Sólo yo conozco esa historia …

 

Y así fue como me la contó: Tenía yo un tío, un apasionado Jasid de Munkatch, un Judío con una larga barba, con peot, que se veía como Judío, vivía como Judío, un verdadero Judío de corazón y de alma.

 

En el año 1935 tenía que viajar a Alemania por negocios. Si ustedes recuerdan aquella época en Alemania, quién mataba a un Judío lo mataba en nombre de toda Alemania. Era un peligro de vida tremendo encontrarse allí.

 

Él tenía un pasaporte, pero con ese pasaporte quién sabe si retornaría.

 

Fue a visitar a su venerado Rabino, el Rabi de Munkatch, y al verlo le dijo: mi santo Rabino, yo le ruego, tengo mujer e hijos, debo regresar. Déme por favor un pasaporte, un pasaporte de Munkatch, un “Munkatcher Passport”, para que tenga el privilegio de retornar en paz.

 

El Rabi de Munkatch pensó durante largo rato y luego le dijo:

¿De dónde sabes tú que yo te puedo dar un pasaporte así? Yo soy un Judío simple.

 

Sin embargo, el Jasid insistió: Mi sagrado Rabino, yo confío en usted con entera fe. Sé que usted es el justo de la generación, y usted puede abrir todos los pórticos del cielo. Yo le ruego, tenga compasión de mis hijos.

 

El Rabi le dijo entonces: escucha, esto no es nada fácil, nada fácil. Un pasaporte así se puede dar una sola vez en la vida. Por eso tú debes jurarme, que todo el tiempo que yo permanezca con vida, no le vas a contar esto a nadie.

 

Mi tío le dio la mano y el Rabi se fue a su cuarto. Después de un largo rato, retornó con un pedazo de papel empapado en sus lágrimas.

 

Comprendan señores míos, que trasladarse de Berditchev a Lublin hace doscientos años era una hazaña, pero de Munkatch a Berlín en el año 1935 … para eso hacían falta muchas lágrimas y muchísimos rezos.

 

Mi tío llegó a la frontera con Alemania y sacó su pasaporte. El alemán se cuadró ante él, en toda su estatura, y entonces le dijo: un hombre tan importante como usted nunca ha venido aún a Alemania. Permítame que le dé una carta para que la policía lo proteja.

 

Mi tío estuvo en Alemania una semana, y ellos se ocuparon de todo. Le pagaron el hotel … como si fuese el Kaiser de Alemania en persona.

 

Él volvió y jamás contó su historia a nadie.

En el año 1936, nuestro santo Rabino de Munkatch, sagrado y terrible es su nombre, pasó al Mundo Venidero.

 

El Rabi de Munkatch dijo: yo veo que una gran oscuridad viene al mundo y no quiero estar para ver esa oscuridad.

 

Entonces no lo entendieron, hoy en día nosotros sí lo entendemos …

 

En el año 1939, algunos días antes del comienzo de la segunda guerra mundial, mi tío estaba muy enfermo.

 

El dijo entonces: debo visitar a toda mi familia. Yo era un niño, y me encontraba en ese tiempo con ellos.

 

Mi tío sabía que sus días estaban contados y entonces nos dijo: Sepan que hay un sagrado pasaporte del santo entre santos, nuestro sagrado Rabino de Munkatch … y así fue cómo nos contó toda esta historia.

 

Al final concluyó: es mi última voluntad, que coloquen en mi mano derecha el pasaporte que me entregó el Rabi de Munkatch. Si el pasaporte del Rabi me abrió las puertas en este mundo, quién sabe qué portales va a abrirme el pasaporte del Rabi cuando llegue al Mundo Venidero …

 

Yo pienso todo el tiempo en el pasaporte de Munkatch.

 

A veces veo a una pareja que carece de armonía familiar, ellos se aman mutuamente, pero hay algo … hay un muro entre ambos. ¿Saben ustedes qué necesitan ellos? Ellos necesitan un pasaporte de Munkatch.

 

A veces nosotros los padres queremos hablar con nuestros hijos y decirles cuánto los amamos, y cuánto rezamos por ellos para que solamente gocen de cosas buenas, tanto en tiempos tranquilos como en tiempos de lluvia y viento. Sin embargo, hay un límite que aparentemente no se puede pasar. Es por eso que necesitamos el pasaporte del Rabi de Munkatch.

 

Ustedes saben lo que necesita el pueblo de Israel: nosotros queremos traer la paz al mundo, la paz entre nosotros y las naciones. Sin un pasaporte de Munkatch no vamos a lograr esta paz.

 

¿Ustedes saben qué es el Kotel? Es el pasaporte que nos entregó el Kadosh Baruj Hu. Piedras en las que nada hay escrito.

 

Las piedras de Moshé nuestro maestro: “en la margén del Jordán Moshé explicó toda esta Torá”. Él escribió la Torá sobre piedras. Pero las piedras del Beit Hamikdash son el pasaporte entre el pueblo de Israel y la llegada del Mashiaj.

 

Ustedes y yo vemos Judíos que llegan desde los confines del mundo al Kotel.

 

Yo no les puedo decir que cada Judío que viene y se para al lado del Kotel, se transforma inmediatamente en un perfecto Tzadik. Pero algo pasa en su corazón, en el de él o en el de ella. Ellos tienen un pasaporte. Un pasaporte entre el cielo y la tierra, un pasaporte entre ellos y la sagrada Torá.

 

La Guemará empieza en la página “dos”. ¿Dónde está la primera página?

 

Esto es para enseñarte, que tu no puedes comenzar a estudiar absolutamente nada si el Kadosh Baruj Hu no te da antes un pasaporte.

 

¿Ustedes saben, señores míos, cuál es la hoja que besamos cuando cerramos la Guemará? Cuando cerramos la Guemará … besamos a la hoja número “uno”.


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Daily Torah Quote

Joke of the day

Little Josh was brought to Dr. Gill cause he hadn’t eaten anything for days. Dr. Gill offered him all the goodies he could think of. No luck. He tried a little scolding. It didn’t work. A little pleading, to no avail. Finally he sat down, faced the boy, looked him in the eye. He said, “Look young man, if you can be stubborn, so can I. You’re not going anywhere till you eat something. You can have whatever you want, but only after you have eaten will you leave.” Josh just sat and glared for some time, then said “OK. I’ll eat but I have some conditions. First, I’ll have exactly what I want and exactly how I want it and second you’ll share with me.” Dr. Gill was OK with this. He asked the child what he’d like. “Worms!” said Josh. Dr. Gill was horrified but didn’t want to back out and seem like a loser. So, he ordered a plate of worms to be brought in. “Not that many, just one,” yelled Josh as he saw the plate. So, everything other than one worm was removed. Josh then demanded that the single worm be cut into two pieces and then Dr. Gill eat half. Dr. Gill went through the worst ordeal of his life, and after finishing, barely managing to keep his cool, said, “OK, now eat!” Josh refused as he sobbed, “No way! You ate my half!”